«Baudelaire escribió un día, a propósito de los comentarios malévolos que siguieron a los fallecimientos de Thomas de Quincey y de Poe: «El campo mortuorio de la literatura es menos respetado que el cementerio común, donde un reglamento de policía protege las tumbas contra los ultrajes inocentes de los animales». No me repugna menos que a él la manera de cómo, sin derecho, y a veces sin real necesidad, la vida íntima de cualquiera que ha contado en las artes es asimilada a un muro público donde cada uno traza sus comentarios, como si la envidia instintiva de las masas por los seres célebres no estuviera ya demasiado inclinada a rebajarla».